Por Eric Bravo (Diamante) para Diario del SUR Digital
En los últimos años, en el plano económico y social, todo cuesta el doble para los trabajadores. Y no hablo solamente de precios, sino del enorme nivel de esfuerzo que hoy requiere simplemente subsistir. La vida cotidiana empuja a las personas a un desgaste permanente, que termina moldeando lo que el filósofo coreano Byung-Chul Han define como el “nuevo hombre neoliberal”: individuos transformados en agentes de autoexplotación, obligados a adaptarse constantemente a las exigencias del mercado.
Este modelo nos impone la necesidad de reinventarnos todo el tiempo para alcanzar una idea de éxito que aparece disfrazada de libertad, pero que en realidad es profundamente ilusoria. Porque detrás de esa supuesta libertad se esconden nuevas formas de coacción y presión social que derivan en padecimientos cada vez más visibles, como la depresión, la ansiedad y agotamiento emocional.
No es casualidad el crecimiento de los problemas de salud mental en la actualidad. En nuestra provincia de Entre Ríos atravesamos una crisis silenciosa pero profunda, que no puede resolverse únicamente mediante aplicaciones como “ORI”, cuya primera consecuencia es deshumanizar aún más el vínculo con quienes sufren.
La respuesta de que “es el clima de época” o de que simplemente hay que “soportar un poco más” ya no alcanza. Es momento de construir una alternativa y ponerla en marcha cuanto antes. Quienes tienen responsabilidades institucionales —políticas, económicas y sociales— deberían tener la grandeza de romper con el statu quo actual. Ya no es tiempo de pensar únicamente en uno mismo, sino de reconstruir comunidad, solidaridad y un proyecto colectivo donde todos estemos integrados. Como planteaba Papa Francisco, “nadie se salva solo”, esa idea hoy cobra más vigencia que nunca, frente a una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, necesitamos volver a pensar en términos de comunidad, de encuentro y de destino compartido.
Mientras tanto, el gobierno foráneo de Rogelio Frigerio avanza hacia una reforma previsional que amenaza con destruir aún más el poder adquisitivo de los jubilados entrerrianos. Todo esto ocurre en una provincia donde los costos de la energía son altísimos a pesar de ser productora, donde el impuesto inmobiliario aumenta por encima de los salarios, donde cientos de personas perdieron el acceso al Plan Remediar y donde el transporte urbano sigue incrementando sus tarifas.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿en qué va a quedar nuestra provincia? ¿Hacia dónde vamos?
Muchas veces no hay reacción social porque el desgaste ya es demasiado grande. La gente vive absorbida por la necesidad de sostener lo poco que tiene, intentando no perder aún más de lo que ya perdió. Y ese cansancio colectivo termina siendo también una forma de control social.
Por eso hoy más que nunca necesitamos discutir seriamente hacia dónde queremos ir como provincia y como sociedad. No hay que “poner el carro delante del caballo”, sin planificación, sin estudio y sin una mirada estratégica sobre todo lo que hay por hacer, no vamos a llegar a ningún lado. Entre Ríos corre el riesgo de quedar sumida en la desidia, sin horizonte de desarrollo y con generaciones enteras resignadas a sobrevivir. Es momento de exigirle más a la oposición, la sociedad necesita dirigentes que piensen un proyecto de provincia antes que candidaturas personales. Primero hay que construir una idea clara de futuro, un programa de desarrollo, producción, infraestructura y comunidad. Después aparecerá el mejor intérprete para llevar adelante ese proyecto colectivo. Invertir ese orden sería volver a cometer los mismos errores de siempre.
Porque recuperar la dignidad no depende solamente de resistir, sino de volver a imaginar y construir un futuro común, donde el trabajador vuelva a tener derecho a vivir y no únicamente a sobrevivir, que pueda alimentarse bien, descansar, disfrutar de la vida, formar una familia y proyectar un futuro con objetivos y esperanzas. Una sociedad sana no puede conformarse con personas agotadas, endeudadas y viviendo al límite. El verdadero desarrollo no se mide solamente en números macroeconómicos, sino en la posibilidad concreta de que cada persona pueda construir una vida plena, estable y humana. Y ese futuro solamente puede construirse colectivamente, porque, como dijo el Papa Francisco, “nadie se salva solo”.





